lunes, 11 de junio de 2012

El rey cerdo





Ayer murió Aquiles,
el viejo cerdo que cuidé tantos años.

Un señor feudal de más de trescientos kilos,
gruñón y parsimonioso
que dejó cientos de crías,
y que engordaba lenta y pacientemente
bajo las sombras
mientras el hombre trabajaba para él.

Pero ayer por la mañana lo sacrificamos.
Su vida era buena,
y habría sido mucho pedir que fuera larga.
Eso sí, peleó como los duros:
se aferró a la vida y corrió por el patio.
No pudimos sujetarlo entre cuatro
y hubo que llamar a mi hermano y a mi primo
para que vinieran a ayudar.

Al final lo acorralamos
junto a la pileta,
y ahí libramos la última batalla.

Murió pronto el desdichado,
gritaba, pataleaba y lanzaba fieras dentelladas al aire,
y sus gritos se escuchaban por el pueblo.
Todos se enteraron
cuando el cuchillo perforó su corazón,
y su vida y su sangre se echaron a volar
y mancharon nuestras manos.

Lo colgamos bajo el alero,
para vaciar su cuerpo y destazarlo.
Parecía dormido,
perdido en el cielo de los cerdos,
en un sueño tan hermoso y tan absurdo
que su cabeza no dejó de sonreír
al separarse de su cuerpo
y nos miraba con aquel aire de suave y justa autoridad,
como el rey despreocupado que fue en vida.

Hoy lo cocinarán las mujeres
y el pueblo se comerá a su rey;
porque el mundo está de cabeza,
y los amantes ya se buscan
y la música no deja de girar,
y los viejos bailan y toman,
y mi hermano David
es un caballo que también baila en el centro de la plaza.


Eduardo Rodríguez Flores




crédito de la imagen: http://vomitodetinta.blogspot.com/

miércoles, 10 de agosto de 2011

Un joven revolucionario (I)




--¿Qué hacen ahí sentados, compañeros? ¿Esperando a que llegue la revolución y se los lleve? ¡No compañeros, la revolución no tiene pies por sí misma! ¡Nosotros somos sus piernas, su corazón! ¡Me decepcionan, compañeros!
A decir verdad, ya se lo esperaba. Siempre supo que aquellos jóvenes no eran verdaderos revolucionarios. Y ese día lo confirmó en la explanada de rectoría al verlos tan tranquilos, tirados en el pasto, tocando el tambor y fumando marihuana, esperando que alguien llegara para organizarlos y decirles qué hacer a unas horas de la marcha. Se paró en medio de aquel grupo, apoyado en su bastón, y les reprochó su pereza y su falta de interés.
--¡Chale, compañeros! Me cae que su conducta es bien burguesa, esperando que otro trabaje por ustedes, enajenándose con la droga que les vende el capitalista .
Escupió en el piso, descorazonado.
Unos lo miraron con asombro, otros con temor, y hubo quienes ni siquiera lo voltearon a ver. Muchos iban ahí a pasar el rato después de su última clase: fumar, hablar, conocer chicas bellas e inteligentes. No era que no estuvieran comprometidos, pero la revolución no les urgía tanto como a él.
A sus 26 años, Carlos era uno de los estudiantes más politizados de la facultad de Economía, tanto que se había ganado el apodo de Carlos Caudillo. Flaco, largirucho y despeinado, miraba el mundo detrás de sus gruesos anteojos ahumados, a través de la lente precisa del materialismo histórico. Estaba lisiado de la pierna izquierda, a causa de un accidente de la infancia, y usaba bastón, lo que, siendo tan joven, le daba un aspecto de veterano de guerra que a él le encantaba lucir. Despreciaba profundamente a los pequeños burgueses, tan insípidos como cobardes; a los gobernantes, corruptos y serviles frente a los capitalistas extranjeros; a la policía y al ejército, verdugos del pueblo; a los políticos de izquierda y a los líderes charros, totalmente ajenos a los intereses del proletariado. Soñaba con un nuevo amanecer, popular y socialista; aguardaba impaciente el momento en que obreros y campesinos unieran fuerzas y barrieran el sistema como una ola violenta y majestuosa. Pero parecía que, con revolucionarios como aquellos, ese porvenir anhelado tardaría mucho en llegar.
--¿Y así vamos a hacer la revolución? --espetó--. ¡Ja! ¿Y así vamos a unirnos con los obreros y campesinos, que están mucho más politizados que nosotros? ¡Siquiera pónganse a estudiar! Lean las Citas del presidente Mao, lean los Siete ensayos, de Mariátegui, lean El 18 Brumario.

Un muchacho de ojos enrojecidos se levantó y repuso:
--La verdadera revolución está dentro de uno mismo, Caudillo. Ningún sistema político funciona ni funcionará jamás. Al otro lado de la revolución no están la sociedad sin clases ni la redención de los trabajadores. Del otro lado hay un gobierno igual de ineficiente, violento y corrupto que éste; del otro lado están el mismo absurdo, el mismo dolor y la misma injusticia de siempre. Lo que hace falta es abrir la conciencia y exponer nuestro corazón, no mediante la guerra sino a través del amor; volver a los viejos días de comunión con la naturaleza, antes de que se inventarán el poder y las religiones.
Algunos voltearon a ver a Lucio, que así se llamaba aquel joven; entre ellos una muchacha muy linda que había permanecido absorta, leyendo un viejo libro de hojas amarillas. Carlos se había fijado en ella desde el primer instante, pero no había conseguido llamar su atención. Le hirivó la sangre al ver que sonreía a aquel pobre ingenuo, pero se contuvo y decidió vencer a su adversario en el campo teórico.
--Compañero, reconozco tu buena fe, pero deberías informarte antes de hablar. Te recomiendo que leas el texto de Althusser sobre los mecanismos ideológicos que el Estado pone en marcha para inocular una falsa conciencia en la sociedad, y así controlarla mejor. Lo que tú acabas de evocar es la típica fantasía burguesa de retornar a una armonía que jamás existió; una armonía mística que se adquiere como por arte de magia, sin lucha, sin resistencia, sin riesgos. ¿Y sabes qué? En el fondo de esta ideología siempre ha estado el temor de la clase burguesa a perder sus privilegios. ¿Amor? ¿Comunión? ¿Visiones? ¡Bah! El poder siempre ha estado ahí, y también la explotación del hombre por el hombre. No se trata de volver a la sociedad antigua o
de componer la actual, sino de destruirla y formar una nueva, que jamás haya existido. ¡Esa es la revolución! Lo que importa no es lo que dejamos atrás sino lo que tenemos por delante, compañero.
Le gustó mucho su discurso. Esta vez, la joven linda se volteó a mirarlo y Carlos quedó desarmado, herido por aquellos ojos.
Entonces se alzó otra voz: la de un cabeza rapada. Iba desnudo de la cintura hacia arriba y bebía de una botella verde. Sus amigos lo llamaban El Fenómeno.
--¡Ja, ja, ja, ja! Su humanismo me da asco. Su fe en que el ser humano cambiará algún día y reconducirá la historia. ¡Quisiera vomitar sobre todos ustedes! Lo que hace falta es poner bombas en los cimientos mismos del mundo y acabar de una vez por todas con este drama. Barrer con ricos y pobres por igual, extirpar de una vez y para siempre el germen de la voluntad y de la inteligencia. Enterrar a los dioses, los símbolos, la ciencia, el amor. Quemar de una vez por todas nuestra colección de cosas invisibles; dejar que queden solamente la naturaleza y el tiempo desnudos, como antes de que este capítulo breve e innecesario se escribiera.
Así habló y todos callaron para oír lo que decía. Había que destruir todo, volar La Villa y el Palacio Nacional, volar Los Pinos, la Torre Mayor, el Popo y el Izta. Había que proclamar la antisociedad y cometer un gran suicidio colectivo, autoinmolarse, limpiar la Tierra dignamente mediante el fuego y la ira.
Algunos pensaron que se iba a prender fuego ahí mismo.
Como siempre pasa, hubo quienes aplaudieron. No era extraño, pues en aquel entonces muchos creían que el fin del mundo estaba cerca, y que lo mejor que podían hacer era precipitar ese momento por todos los medios posibles.
"Muy bien", pensó Carlos, "habrá que reclutarlo para la fase de guerrilla urbana. La revolución también necesita verdugos".
La joven se retiró, un poco asustada, con su libro en la mano. Carlos aprovechó el instante y se le acercó.
--¿Qué lees, compañera?
--1984 --y le extendió el libro.
Carlos tomó el libro entre sus manos y lo hojeó sin mucho interés. Sabía de qué trataba. Era literatura de la peor calaña.
--¿Sabías que el autor de este libro fue agente de los servicios de inteligencia británicos, y que se dedicó a denunciar a los artistas e intelectuales que simpatizaban con el comunismo?
Lanzó un escupitajo precioso.
--¿Y tú ya lo leíste? --le preguntó ella, un tanto incómoda.
--No pierdo mi tiempo. Su obra es de las más reaccionarias. Inventó esa horrible antiutopía para engañar a los lectores ingleses acerca del sistema socialista soviético.
--Es curioso que lo digas --replicó ella--. Al leer me doy imagino que el mundo del que habla el libro es, por así decirlo, la sociedad neoliberal llevada al extremo: explotación laboral, controles invisibles y desinformación a través de los medios...
--Sí, esa es precisamente la ironía --y luego, armándose de valor para ir un poco más allá--. ¿Tú cómo te llamas?
--Fernanda. Tú eres Carlos, ¿no?
Lo miró con cierto interés: su cabeza despeinada, sus lentes gruesos y rayados, con un pedacito de cinta adhesiva, su bastón, su actitud intransigente. Lucía triste, un poco perdido. No era lo que se dice guapo y sin embargo había algo que lo hacía atractivo. Trató de imaginar qué tal sería como amante.
--¿Vas a ir al concierto de Los Cojolites hoy en El Surco?
Carlos sintió flaquear sus convicciones. Podía ir al concierto depués de la marcha, pero la cosa se iba a poner dura y habría que esconderse de la policía para no arriesgar a los demás compañeros. Por otro lado, no podía perder aquella oportunidad de oro. Miró los ojos brillantes de Fernanda que lo interrogaban desde más allá de las teorías.
--Bueno, quizás me dé una vuelta por ahí.
Carlos la vio alejarse.
"Tiene mucho que aprender, pero encierra un gran potencial revolucionario. Mujeres así harán falta cuando haya que repoblar la Tierra".

Continuará...

miércoles, 27 de julio de 2011

Qué triste es cuando los sueños mueren


Qué triste es cuando los sueños mueren;
silenciosos e invisibles en la habitación a oscuras,
antes de que vean la luz y se hagan realidad.

Qué triste es verlos morir,
apagarse lentamente con los días,
cansados de esperar a que les salgan alas;
o verlos desangrarse al final del sendero de la noche,
suplicando que no los abandonemos.

Qué duro es despedirse
y asomarnos por última vez a sus ojos,
mientras la vida ruge y desespera al otro lado de la ventana.
Qué triste es decirles adiós y tener que seguir sin ellos,
más livianos, más vacíos.




*Crédito de la imagen: La muerte del arlequín (Pablo Picasso)

martes, 26 de julio de 2011

My funny Valentine




El autor Ian Carr cuenta que, la noche del 12 de febrero de 1964, los miembros del quinteto de Miles Davis se retiraron tristes e insatisfechos del Philharmonic Hall de Nueva York, luego de su presentación, pensando que ésta se había escuchado plana y sin sentimiento, y que había estado plagada de errores. Días después, al escuchar las grabaciones, comprendieron que aquella había sido una de las noches más memorables del siglo XX.

Escuchemos "My Funny Valentine" como muestra de lo que digo. La experiencia es equiparable a leer una gran novela en quince minutos (dicho en el mejor de los sentidos): cargada de dramatismo (por momentos alcanza niveles épicos), llena de momentos, texturas, sentimientos, voces y matices. Antes de escucharla, cerremos los ojos y la puerta de nuestra habitación; pongamos el corazón y los sentidos atentos, y no solapemos las perturbaciones externas.

Todo el número es esplendido, aunque hay momentos de verdad maravillosos. El sonido de la trompeta de Miles es directo y preciso; no desperdicia notas pero no ahorra emociones. A veces es dulce; otras es triste y casi fúnebre; otras es sensual y desafiante. Por su parte, el sax tenor de George Coleman es elocuente y poderoso, cargado de swing; inquiere, diserta, sondea los abismos, va al meollo del asunto (¿Y cuál es el asunto? Imposible decirlo con palabras). El bajo es un amante melancólico que susurra y se entrega por completo detrás de una cortina de sonido. La batería, por su parte, es un corazón sincopado, cargado de intención, que completa la grandeza del conjunto. La pieza gira alrededor de la pasión y la sensualidad; es un diálogo amoroso entre el sax y el bajo, entre la trompeta y el piano, entre el bajo y la batería, del que brotan sonidos exuberantes, como caracoles haciendo el amor. Música de preludio, música cadenciosa y vegetal que, en ciertos momentos, extiende su dedo invisible y toca el fondo de nuestra alma. Pero no nos dejemos engañar: parte de la grandeza de Miles y de sus músicos reside en que no se repiten ni dan concesiones al escucha: justo cuando empezamos a rendirnos a la magia de un fraseo, toman su equipaje, se suben a otro avión y viajan a un lugar completamente nuevo. Y así nos traen, de un lado a otro, a través de la intensidad.

En algún momento, al redactar estas líneas, pensé que era un sinsentido tratar de poner por escrito lo que ya ha sido dicho con ritmo y con notas. No pude resistir la tentación de dejar salir las imágenes que se producen en mi mente, de tratar de expresar con mis propios medios las emociones que giran en mi corazón al escuchar esta música extraordinaria. Desafortunadamente, no todas las ideas logran salir y adquirir sustancia; las mejores se disuelven como el humo, pues no se pueden traducir ni expresar con palabras.

*Crédito de la Imagen: Retrato de Miles Davis, por Michael Symonds.

jueves, 21 de julio de 2011

El humo y el jazz


Imaginemos a Louis Armstrong o a Thelonious Monk improvisando en la penumbra de un escenario, creando aquella música estupenda, produciendo aquellos sonidos maravillosos. Cada uno posee su propio estilo y cada uno trata de decirnos cosas diferentes. Armstrong coge cada nota, la enciende con su aliento, como si fuera una lucíérnaga o un farol nocturno, y luego va y la cuelga del cielo pentagráfico. Como muestra, las notas largas y aterciopeladas de "West end blues" o "Stardust". Monk, por su parte, golpea las notas, las fractura con sus dedos de martillo, las multiplica, arma con ellas un rompecabezas abstracto en el que ensaya todas las variaciones posibles de las frases y los círculos armónicos; digamos que hace geometría con el humo. Para entender de qué hablo, te recomiendo, lector, que escuches la versión en vivo de "Monk's mood", en la que participa John Coltrane, o "Criss cross", o "Bemsha Swing", o cualquiera, sin olvidar la bellísima "Round midnight" (de preferencia, la vesión en la que solo toca el piano). No te arrepentirás.

¿Cuál es la relación entre el jazz y el humo? Ambos tienden a ascender y flotar libremente en el aire, y comparten la capacidad de convertirse en cualquier cosa. Sin embargo, al igual que Satchmo** o Thelonious, no todos los materiales combustionan igual: cada uno tiene un ritmo propio, cierta densidad y una forma típica de comportarse. El humo del tabaco, por ejemplo, sube rápidamente, como el de las chimeneas. Forma columnas delgadas, finos vasos capilares de un gas vivo e impaciente que tiene prisa por subir y disiparse, como el tallo de una flor profunda e irrespirable. El humo del cannabis, en cambio, es denso y grave; hay en su olor algo dulce y picante, parecido a la fragancia del sexo de la mujer o el almizcle, producto de una especie mitad planta y mitad animal. Lo impregna todo, su presencia es escandalosa, prohibida, imposible de disimular. Asciende tranquilamente y desde el principio forma una cortina fantasmal de figuras imposibles, inaprensibles, que se transforman libremente en el espacio.

Al hundirme en estos humos, al escuchar a un jazzista improvisar, sin importar quién sea ni qué instrumento toque, pienso en el problema de la libertad. Sin duda no es gratuita la alianza que se dio entre el jazz y el existencialismo durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. El individuo, nos dice Jean Paul Sartre, no es más que un accidente en el Universo, expuesto a la Nada. Su existencia es absurda, arbitraria, y por tanto, irremediablemente libre. Sartre plantea esta condición como problema y como responsabilidad: al no haber entidades supremas ni origen ni destino, cada uno es responsable de sus actos y de sus palabras. La vida de cada persona, nos dice Sartre, es la expresión absoluta (y aterradora, diría yo) de su libertad, y he aquí que el jazz, en la forma como lo plantearon Miles Davis y compañía, trata precisamente de qué hacer con dicha libertad.

Esta no es materia sencilla, ni en la vida ni en el arte. ¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que en la vida no hay caminos preestablecidos ni recetas, y que no nos queda sino dejarnos conducir por cierto feeling? ¿Qué ocurre cuando nos percatamos de que el tiempo y el espacio son un campo abierto? ¿Qué pasa cuando vemos que formamos parte de un concierto, que convivimos con otras voces igualmente libres, y que cada quien tiene su momento, profundamente personal? Más aún: ¿qué sucede cuando advertimos que hay vidas (la nuestra, probablemente) que se viven solo para llegar a ese instante decisivo? "Puedes ir arriba o abajo; puedes ir y regresar, puedes quedarte quieto, si quieres; pero, ¿adónde quieres ir?". La mayoría prefieren volver, agradecidos y cabizbajos, a la seguridad de las normas y el silencio; otros (y aquí incluyo a las grandes estrellas del jazz) hacen suyo el derecho de seguir su voluntad y su imaginación; han entendido además que el tiempo es relativo y divisible, y que es posible renacer una y otra vez en cada intervalo o en cada compás. A este acto de jugar con el tiempo se refería Johhny Carter, el protagonista del cuento de Julio Cortázar ("El perseguidor") inspirado en Charlie Parker: "Esto lo estoy tocando mañana".

*En la fotografía, pókar de reyes en pleno vuelo: Thelonious Monk (piano), Charlie Parker (sax alto), Charlie Mingus (contrabajo), Roy Haynes (batería), la noche del 15 de septiembre de 1953, en el Open Door Nightclub, de Nueva York. Al fondo, una mesa vacía.
** "Satchmo": sobrenombre con que se conoce a Louis Armstrong.

martes, 22 de febrero de 2011

El pozo y el firmamento


El psicoanálisis demostró, en términos generales, que el individuo no es un ser indivisible y autónomo, sino una entidad más amplia, profunda e inaprensible de lo que solía pensarse a la luz del humanismo y el racionalismo occidentales; compuesta por varias facetas contradictorias, gobernada por instintos e impulsos fisiológicos, y regulada por la moral, las leyes y las instituciones.

Del otro lado, los hallazgos de antropólogos y sociólogos durante el siglo pasado dieron cuenta de la dimensión externa de la persona, que es igualmente amplia y enredada, y en muchos casos escapa a la voluntad o acciones del individuo. Por ejemplo, las obligaciones que contraen quienes participan en el sistema de mayordomías, la red nerviosa de las comunidades campesinas en la Mesoamérica contemporánea, o en otros sistemas antiguos y modernos de intercambio ritual, como el potlatch, practicado por el pueblo Kwakiutl, en la región de Vancouver, o el legendario kula, de los habitantes de las islas Trobriand, en el Pacífico sur.

Deducimos a partir de éstos y otros ejemplos que, en tanto fenómeno psíquico y social, cada individuo se ve rebasado por el alcance, la profundidad y el carácter multidimensional de su propia persona o "ser en el mundo", por llamarle de alguna forma. Valga como ejemplo la imagen de un pozo en cuyas aguas se refleja el tupido firmamento de una noche sin luna. Nuestro mundo interior, obviamente representado por el pozo, es hondo, oscuro y desconocido. El firmamento, por su parte, representa nuestro mundo social, igual de insondable y misterioso, tan parecido a grupos de constelaciones; inscrito en la capa más visible de nuestro ser, en la fina piel de nuestra vida cotidiana.

Ambas dimensiones, interna y externa, son virtuales; es decir, aparentes, aunque no por ello menos reales y determinantes. Están hechas de símbolos, lenguajes y experiencias. La dimensión externa, por ejemplo, no sólo está conformada por el conjunto de gente con la que cada individuo interactúa y se relaciona, sino también por lo que se dice de uno y por lo que cada quien significa para quienes lo rodean; es decir, por las consecuencias de su presencia en el mundo, mucho más amplia e incontrolable de lo que los individuos creen. Con razón dice Nietzsche: "Toda la filosofía se basa en la premisa de que pensamos, pero es igualmente posible que estemos siendo pensados".

Pensemos en los grandes eventos sociales como las bodas o las fiestas de quince años. Quien haya tenido que organizar uno de estos eventos y hacer la lista de invitados verá iluminarse poco a poco cada uno de los astros que conforman la constelación de su vida social, y el hilo de luz que los une. Lo mismo sucede con los nacimientos y los funerales. La amplitud de la persona, hacia dentro y hacia afuera, se da en el tiempo y en el espacio, es anterior y posterior a la vida, y está condicionada por un sinfín de circunstancias y casualidades misteriosamente entrelazadas. Antes de nacer, e incluso antes de ser concebido, el individuo posee una existencia latente, sin rostro ni nombre; es mera expectativa. Sin embargo, ya entonces su presencia brilla en la imaginación de sus padres, quienes le dan un rostro, un nombre y un destino hipotéticos. En forma similar, la muerte representa la extinción física del individuo y, en muchos casos, el punto final de su historia, pero no significa el fin de su existencia. Al morir, el individuo se hace presente en la memoria de los vivos, en la posteridad de sus obras y sus actos; se convierte en nota resonante que perdura un tiempo en medio de la nada y se disuelve poco a poco en el silencio.

Un ejemplo que nos ayuda a entender este fenómeno es el de los amores platónicos. En estos casos, el individuo reluce por algo que no es necesariamente inherente a él o ella, pero que forma parte de su persona en la medida en que su amante lo reinventa en su imaginación , más allá de lo que el otro es o puede ser en la realidad. Lo mismo pasa con las figuras públicas, como los ídolos populares. Muchos de estos individuos se ven rebasados por la dimensión externa de su persona que, en ocasiones, suele adquirir dimensiones monstruosas y termina por devorarlos. Los políticos son otro buen ejemplo de cómo el individuo se difumina poco a poco en el juego del poder y en el mar de las palabras vacías, quedando sólo la sombra, la figura; o bien, de cómo los actos de una sola persona dotada de gran autoridad, desbordada en sus límites, pueden afectar el destino de miles o millones de individuos.

Sin embargo, el caso más característico de dicha amplitud, sin duda, es el de las figuras inmortales. Cuando hablamos de Platón, Beethoven o Sor Juana, no nos referimos tanto al individuo como a su obra y su significado: una entidad que ha logrado trascender las generaciones y que posee una existencia propia, más allá de la vida de sus creadores, que no obstante constituye el pase breve y obligatorio hacia la eternidad. Todo esto gracias a la memoria y a nuestra naturaleza simbólica; es decir, la capacidad mental de poner una cosa en lugar de otra para hacer visible lo invisible, aprehender las cosas intangibles, y poner entre paréntesis al tiempo y al espacio.

Un tema tan extenso y con tantas vertientes no puede agotarse en unas cuantas líneas. Hace falta una investigación mucho más profunda y cuidadosa que tome en cuenta otros estudios y reflexiones al respecto, que ofrezca nuevos ejemplos, y ayude a entender, entre otras cosas, la relación entre ambas entidades, en distintas culturas y en distintos momentos de la historia, su actual replanteamiento (junto con otros fenómenos como la fama y la privacidad), así como el papel real y aparente que juegan, y habrán de jugar, Internet y el reciente fenómeno de las redes sociales.

*En la foto, ejemplo de lo insondable e incontrolable que puede ser nuestra dimensión externa: miles de fans se arremolinan frente al palacio de Buckingham para ver a los Beatles, luego de su encuentro con la reina de Inglaterra, el 26 de octubre de 1965.

martes, 15 de febrero de 2011

El pequeño cadáver


Nunca había estado en un velorio. Es triste, dramático y aburrido. Lo peor de todo es tener que ponerse un traje, tan asfixiante como un ataúd, y soportar por horas el llanto y la desesperación de todo el mundo.

Lo único interesante fue ver el cadáver de Carlos. Parecía más un maniquí, tieso y elegante, que un niño de carne y hueso. Cuando me asomé al ataúd abierto, me dio la impresión de que su cuerpo no era más que una caja vacía.

Siempre quise ver un muerto. Me interesan mucho las ciencias naturales y para nada creo en fantasmas. De grande me gustaría ser médico o veterinario. Quizás veterinario, pues también me gustan los animales.

Cuando entramos al velatorio, mi mamá fue a abrazar a la mamá de Carlos, que de tanto llorar no se daba cuenta de nada. Mi papá se acercó al de Carlos, le dio un abrazo muy sentido con varias palmadas fuertes en la espalda, y se salieron a fumar en silencio junto con otros señores. No son amigos y casi nunca se ven, salvo en las juntas de padres de familia, pero mi papá dice que las desgracias estrechan los lazos entre las personas, y que es un deber moral apoyar a los que sufren un dolor tan grande. De camino, mi mamá me apretó la mano muy fuerte y con voz temblorosa me dijo que yo soy el regalo más hermoso que le ha dado la vida, y que se volvería loca si yo me muriera.

El lugar estaba lleno de gente. Estaba la familia de Carlos, la directora de la escuela, varias maestras y algunos de mis compañeros. Me fui al rincón donde estaban ellos. Se veían tristes y confundidos. Algunos habían llorado y no los culpo; la muerte de Carlos fue una sopresa terrible para casi todos. Había faltado más de una semana. Ya hasta pensábamos que se había cambiado de escuela, pero la maestra nos explicó que estaba enfermo y que regresaría en cuanto se curara. Ayer, casi al final de la clase, la directora entró al salón y nos dijo, muy seria, que Carlos había muerto en la madrugada, a causa de una enfermedad rara y fulminante. Nos quedamos boquiabiertos, sin nada qué decir. La maestra empezó a llorar, y la directora empezó a hablarnos de la vida y la muerte. A mí me dieron ganas de vomitar.

Carlos era un tonto. Todos lo sabíamos. A nadie le caía bien, y pienso que por eso ahora nos sentimos tan mal, no porque nos duela su muerte o lo vayamos a extrañar. Mis amigos y yo nos lo trajimos de bajada tres años. Gabriel fue quien primero la agarró contra él, y los demás lo seguimos. La verdad es que ni me acuerdo por qué; aunque supongo que fue por feo y por tonto. A mí no me caía ni bien ni mal, pero me gustaba chingarlo sólo por hacerlo enojar. Le poníamos apodos, le quitábamos sus cosas, le decíamos que era maricón. Se ponía furioso y nos perseguía por el patio, pero era lento y nunca nos pudo alcanzar.

Con el tiempo nuestras bromas se hicieron más pesadas. Un día, en clase de música, Gabriel le puso una tachuela en la silla. Carlos ni se dio cuenta y al sentarse se clavó la tachuela en las nalgas. Gritó: "¡Ay cabrón!" en el momento en que entraba el profesor, que como es muy serio y amargado, lo sacó de clase con un reporte de cuarenta puntos por decir groserías. ¡Cómo nos reímos todos, hasta las mujeres!

Al acordarme de esto en el velatorio me dieron ganas de reír. Cerré los ojos y traté de pensar en otra cosa, pero la mente me traicionó y dejó pasar otro recuerdo, todavía más chistoso, del día en que le bajamos los pantalones enfrente de toda la clase, y también de cuando me pasé toda la mañana quemándole el cuello con una pluma. Fue Gabriel quien me enseñó a hacerlo: rayas la formaica del pupitre una y otra vez , con fuerza, hasta calentar la punta del bolígrafo; ya que está bien caliente se lo pones en la nuca al que se sienta delante de ti. Se siente como un piquetito ardiente, que te hace brincar. Me acordé de cómo se volteó y me dijo, con cara de bobo: "No te pases, salen bolas", y dejé escapar una risita que mi papá congeló inmediatamente con una mirada.

Ahora que lo pienso, no entiendo por qué las maestras no nos decían nada. Es decir, a veces nos regañaban y nos enviaban a casa con reportes de mala conducta para que nuestros papás estuvieran enterados, pero eso no impidió nunca que nos burláramos de él o le pegáramos, incluso en el salón de clase. Por ejemplo, una vez que nos llevaron a misa, Gabriel le estuvo picando el culo todo el tiempo, diciéndole que era el amante de Satanás, y nadie le dijo nada. Una niña fue un día a la Dirección para denunciar la manera en que tratábamos a Carlos, pero no le hicieron caso. Creo que la principal razón es que a las maestras tampoco les caía bien. Era el último en todo: en matemáticas, en inglés, en deportes... Otro día, el profesor de educación física le pidió que se callara pues lo enfermaba su voz. Como no obedeció, lo castigó dejándolo parado toda la clase, bajo el rayo del sol, con los brazos extendidos y sostendiendo un diccionario en cada mano. Un día que arrancó una hoja de su cuaderno, la maestra se la pegó con diurex en la cabeza, como si fuera un moño de niña, y lo obligó a llevarla puesta hasta que dio la hora de la salida.

¡Bah! ¡Se lo merecía! Si no, ¿por qué se dejaba que le hiciéramos de todo?, ¿por qué no le rompió la boca a ninguno de quienes lo molestábamos? Vi una vez una pelea entre dos niños de otro salón. Uno de ellos, flaco y chaparrito, tenía una hermana más grande, que era muy bonita y que a todos les gustaba. Se la pasaban haciendo chistes vulgares de ella y su mamá, hasta que un día el muchacho ya no aguantó más y retó a pelear al que más lo molestaba. A la salida, nos fuimos todos detrás de la escuela para hacer bola. El agraviado iba unos cuantos pasos adelante y en el momento menos pensado se volteó y le conectó al otro un puñetazo limpio y certero en la cara, dejándolo fuera de combate, con la boca y la nariz ensangrentadas. Nunca he visto otra muestra de valor como aquella. Por demás esta decir que ni el fulano aquel ni nadie se volvieron a meter con la familia de ese valiente que tan bien se supo ganar el respeto de los demás.

En cambio, parecía que a Carlos le gustaba que lo jodiéramos. Lo peor es que al principio nos consideraba sus amigos. Un día llevó los discos de su papá, que fue roquero en su juventud. Nosotros no sabíamos nada de esa música y tampoco nos importaba, pero para él eran como un tesoro, y se comprometió a regalarnos una copia. En el recreo, alguien (créanme, no fui yo) se metió al salón, abrió su mochila y sacó los discos para llevárselos a Gabriel, que comenzó a sacarlos de su funda y a estrellarlos contra la pared alta que está al final del patio mientras los demás nos reíamos. Cuando Carlos vio lo que estaba haciendo Gabriel, se puso rojo, y juro que las lágrimas saltaron de sus ojos como un chisguete, igual que en las caricaturas. Le gritó a Gabriel que era un pinche ojete, que ahora sí se había pasado, y se lanzó sobre él. Lo pescó del cuello y lo tuvo así unos instantes, mirándolo con odio infinito. Nadie dijo nada. De haberlo querido, pudo haberle dado una paliza ahí mismo y ponerlo de rodillas para siempre (yo vi el miedo en los ojos de Gabriel), pero no tuvo el valor de pegarle. Lo soltó y se fue llorando a la Dirección para acusarnos a todos. La directora consideró que ya era demasiado, suspendió a Gabriel por tres días y mandó llamar a sus papás para contarles lo sucedido.

La cosa no paró ahí sino que se puso peor. Gabriel quería vengarse, así que lo acompañamos días después a la colonia donde Carlos vivía. Ahora bien, fue en esa época que nos dio por jugar a los nazis. Nos gustaba todo de ellos: el saludo, el uniforme, la bandera y, por supuesto, el Führer. Yo me la pasaba dibujando esvásticas en mis libros y cuadernos, e investigando sobre la segunda guerra mundial, pero Gabriel fue mucho más lejos, pues le puso doble forro a sus libretas, con fotos de Hitler escondidas para que no las viera la maestra. En el descanso, las sacaba, las besaba y se hincaba frente a ellas.

Digo esto porque aquella tarde llevamos a Carlos a nuestro "campo de concentración". Me apena decirlo, pero fui yo quien fue a buscarlo a su casa para decirle que Gabriel quería disculparse con él y que lo esperaba en el parque. Cuando salió, lo llevamos a una construcción abandonada, donde estaba Gabriel, fumando, sentado en una vieja silla de despacho que había por ahí. Le dijo que éramos agentes de la Gestapo, que íbamos a castigarlo ahí mismo por indio y por soplón, y que jamás lo íbamos a dejar tranquilo ni a él ni a su familia. Lo agarramos de los brazos, Gabriel apagó su cigarro y caminó hacia él mientras se bajaba el cierre del pantalón. "Voy a ver si es cierto que eres maricón; te voy a violar", le dijo mientras el otro gritaba y nos escupía, luchando por zafarse. Claro que sólo queríamos asustarlo pero creo que se nos pasó la mano. Al final, le echamos un montón de tierra en la cabeza y lo dejamos ahí solo, llorando como de costumbre.

La verdad es que me da vergüenza acordarme de esto, y quisiera que el tiempo pasara lo más pronto posible para olvidar esta sensación tan fea de haber traicionado el cariño y las cosas buenas que me enseñaron en casa. Me pregunto por qué este sentimiento vino después, cuando el mal ya estaba hecho, y no antes, cuando estaba a tiempo de arrepentirme. Lo de los nazis terminó mal. Mandaron llamar a mi mamá de la escuela, y esa noche mi papá me llevó a mi cuarto, cerró la puerta y me pidió que le enseñara mis libros y cuadernos. Cuando empezó a hojearlos y vio todas esas estupideces sobre Hitler y los judíos, me preguntó si acaso no sabía el horror que había detrás de todo aquello, y me dijo que me iba a quitar a golpes lo pendejo e ignorante. Se quitó el cinturón y me dio una tunda que hasta me sacó sangre de los brazos y las piernas. Luego me mandó a acostar, sin haber cenado.

Poco después, Carlos dejó de ir a la escuela. Quién sabe si el miedo que sintió aquella vez no hizo que se enfermara. Cuando nos enteramos de su muerte, Gabriel dijo que no le importaba y que ya encontraría otro a quién joder. Estoy seguro de que fingía. Hubo quienes se asustaron mucho, pensando en lo malos que habían sido con Carlos y temiendo que su fantasma fuera a cobrar venganza. Otros nos miraron como si nos reprocharan todo lo que le habíamos hecho al pobre. Yo de lo que tengo miedo es de las cosas que pensé y sentí esa tarde en el "campo de concentración". Fue como una punzada debajo del ombligo, como un hambre de ser malvado, de dejarme ir, de convertirme en demonio. Es algo que me llena de horror, aunque quizás no sea para tanto. De no haber sido nosotros, otros habrían sido los encargados de atormentar a Carlos, porque era débil y tonto, y porque así son las cosas en la escuela y en la calle. También creo que de haber tenido la oportunidad, habría sido un hijo de puta tan malo o peor que Gabriel. Quizás ya era un tirano con su pequeña hermana, que casi no lloró y tampoco se asomó al ataúd para despedirse de él.

Para Paola Gallo (q.e.p.d.), joven defensora de los derechos humanos

lunes, 7 de febrero de 2011

La primera lluvia de la temporada


El sueño termina a mitad del camino, suavemente y sin avisar. Mario abre los ojos y la aventura de la noche anterior vuelve de golpe a su mente. Ha sido un sueño muy hermoso. Mario recuerda todos los detalles: el jardín, el arroyo, la voz de Eva hablándole desde el árbol, sus manos, su vestido..., pero sobre todo aquella canción tan dulce que no había escuchado antes, y que lo ha llenado de paz y de amor; un amor muy grande que había permanecido inconsciente y ahora brota a la superficie. Mario suspira y se levanta de la cama, despeinado, con los ojos encendidos, y va a ducharse.

Mientras se baña acaba de abrir su corazón. La ama, con toda la fuerza y la ternura de sus dieciséis años. No es un sentimiento nuevo pues ya ha amado otras veces, desde niño. Cierra los ojos y ve a Eva, los abre y ahí está Eva, junto a él, con su sonrisa, su cabello, sus ojos con un sol en medio. No piensa en ella desnuda, ni le hace el amor bajo la regadera, como hace con sus demás amantes fantasma. Lo que siente es otra cosa, más pura y misteriosa: de pronto, el mundo brilla y la vida es buena y emocionante, y todo por aquel extraño sueño que ha puesto su mundo al revés. Se viste con inusual cuidado y desayuna con rapidez, pues quiere estar temprano para esperarla y entrar juntos a la escuela. Está radiante de felicidad. Su madre lo nota pero se hace la desentendida.

Es marzo y el aire en la ciudad es fresco y limpio. Mario va a la escuela y ve a su amiga. Se siente feliz y la encuentra radiante. Es cierto que ya desde antes le parecía atractiva, pero el sueño le ha revelado su belleza especial. Pasa con ella toda la mañana. Le pide opinión de todo, le platica, la mira, se acerca a ella para sentir su olor y dejarse envolver por su mirada, pero no le revela lo que siente. Durante el descanso se escabullen detrás de la conserjería para fumar un cigarro entre los dos, pero ni siquiera en este momento de complicidad, Mario se atreve a hablarle de amor. Es tímido y deja pasar el momento. Prefiere aproximarse a su corazón lenta y sigilosamente.

Eva quiere a Mario, pero sólo como amigo. Al principio no advierte que lleva varios días portándose raro, hasta que sus amigas se lo hacen notar. Le platican que no deja de hablar de ella con otras personas y le preguntan si no se ha dado cuenta de que cuando están juntos, siempre luce triste y preocupado. Eva se siente incómoda. Mario no le gusta; lo prefiere de amigo que de enamorado. ¿Cómo va a conducirse con él de ahora en adelante? Las demás le aconsejan que lo desengañe de un vez por todas, pero ella opta por no decir nada, comportarse como siempre y no dar alas a su pretendiente.

Pero la amistosa indiferencia de Eva no es suficiente para disuadir a Mario, que se hace más presente en su vida, que inventa uno y mil pretextos para hablarle por teléfono, que urde elaboradas casualidades para topársela por las tardes y los fines de semana, que prepara una y otra vez el momento para estar a solas con ella y decirle que la quiere. Al final, tanto esfuerzo resulta inconveniente. En semanas se convierte en una presencia amenazante. Además, ya no es el mismo de antes ni se comporta igual con Eva. Ahora le pregunta cada detalle del tiempo que no está con ella, y parece molesto cuando la ve hablar con otras personas. Eva se siente sofocada, esclava de sus ojos y de su sombra. La exasperan sus atenciones, sus piropos, sus regalos. Si antes disfrutaba estar con él, ahora quiere que se cambie de escuela o que se vaya a otra ciudad, que se muera y desaparezca de su vida para siempre. Sus amigas le aconsejan ser firme y desengañarlo de una vez por todas, pero ella no se decide a enfrentarlo; y mientras, su presencia termina por producirle una sensación viscosa. La amistad que sentía por él se desvanece sin remedio.

También Mario se siente enfermo a causa de esta pasión no correspondida. ¡Qué rápido cambian las cosas! El amor que iluminaba su corazón, llenándolo de dicha y curiosidad, en poco más de un mes se ha convertido en un amor adolorido y venenoso. No obstante, en su necedad de enamorado prefiere vivir en aquella miseria, compartir con Eva esa historia absurda a no tener nada que los ate y ser indiferentes el uno para el otro. Por las noches lo aquejan el insomnio y la melancolía; los viernes y fines de semana sale con sus amigos y se emborracha más que todos. Una tarde, la llama por teléfono y la invita a salir. Ella se niega, poniendo como pretexto que tiene mucha tarea y que debe ayudar a su madre con las labores domésticas. La verdad es que tiene una cita con otro muchacho. Lo que Eva no sabe es que Mario le acaba de llamar de un teléfono cercano y que observa, escondido, el momento en que sale de su casa y se sube al coche del otro chico.

Al verla tan bella y sonriente, Mario se sumerge en los infiernos. Corre por las calles desesperado, entra a una estación del metro, aborda un vagón semivacío y se desploma en el asiento a llorar. Se tortura imaginando lo bien que deben estarla pasando aquellos dos; la mirada de Eva, su sonrisa y el ritmo acelerado de su respiración al momento de rendirse a aquel tipo. La imagina como una puta, como una anémona abierta, que se regocija en el fondo de un mar cálido que él nunca podrá conocer. Su mente se tiñe de rojo. Quisiera matarla y después morir también, ahogado en un río, atropellado en el Periférico. En la siguiente estación, entra un vagonero a vender los éxitos de Juan Gabriel, a todo volumen. El ruido resuena en sus oídos y se mezcla con el dolor hasta hacerse insoportable. No puede resistir más y baja en la siguiente estación. Sale a la calle y el bochorno lo golpea. Hace calor y el cielo está cubierto de nubarrones, pero la lluvia no cae.

Esa noche escribe una carta a su cruel amada. Escribe durante horas, a ritmo frenético. Sabe que no tiene sentido insistir y que su empresa amorosa ha fracasado, pero siente gran urgencia por desahogarse y sacar para siempre aquel sentimiento que comienza a pudrirse dentro de él. La carta es larga y apasionada, violenta en algunos pasajes. Dedica a Eva palabras tiernas y sublimes, que nadie más le he a dicho ni le dirá jamás. Le revela la extraña fuente de sus sentimientos: el sueño en el que los dos se perdían entre los árboles, en un lejano jardín de las Hespérides. Le confiesa la vileza que cometió aquella tarde y le pide perdón, para luego reprocharle su egoísmo y falta de amor. Se disculpa por ser tan patético y haberla hecho vivir aquel infierno, aunque le aclara que nadie puede culpar a quien actúa por amor, porque el amor no tiene cauce, y se vuelve violento y enfermizo cuando no es correspondido. Cuando termina de vaciar su alma, se despide de ella para siempre (en realidad, se sientan a dos lugares de distancia, y falta más de un mes para que las clases terminen). Le dice que la vida sin ella será una agonía y que, pese a todo, no deja de bendecir cada uno de los días que tuvieron que pasar, de las cosas que fueron necesarias para llegar a conocerla. Al final, la traiciona con una del extenso harén que vive en su cabeza. Cuando se duerme, sueña que Eva está al final de un largo pasillo lleno de gatos, en una casa oscura y en ruinas.

A la mañana siguiente deja la carta en el pupitre de Eva, cuando está descuidada. Esperaba verla abrir el sobre, leer la carta y romperla, que le exigiera a gritos que la dejara en paz, o bien que se lanzara a sus brazos y le jurara amor eterno. Sin embargo, se queda sorprendido al verla coger el sobre, guardarlo en su mochila, y nada más. A partir de ese momento, las horas pasan lentamente, como si avanzaran por una cuerda suspendida sobre el abismo. Mario se mantiene a cierta distancia de Eva, un poco avergonzado de sus arrebatos aunque ya no puede cambiar nada. Durante el descanso no la busca. Aparenta estar tranquilo y participa en la plática y las bromas de sus amigos, pero la duda lo consume. Eva está con sus amigas, en la banca de siempre. Se le ve contenta. No parece triste ni enojada ni confundida. Cuando el descanso termina y vuelven al salón, se topan de frente. Ella lo saluda y va a sentarse sin decir más y sin prestarle mucha atención. Es obvio que leyó la carta y que algo ocurre en su corazón, pero Mario no sabe qué.

A la salida, la muchacha sale de la escuela a toda prisa para escapar de Mario. Éste la sigue por calles y avenidas. La obsesión no deja de girar en su cabeza. Nada le importa ya. Lo ha perdido todo y no se detiene en parte alguna. La sigue hasta un parque donde ella se detiene y se voltea, llorando de hartazgo y rabia. Le pregunta qué quiere, le dice que está harta, le pide que la deje en paz, que termine de una vez por todas con aquel juego estúpido. Saca la carta de su mochila y la rompe frente él con infinito hartazgo; le dice que su declaración no le hizo sentir nada, que su corazón es de otro y que no vuelva a acercársele o lo lamentará. Sus ojos centellean. Mario se queda ahí parado, rojo de vergüenza, asustado de sí mismo y de la rabia dibujada en el rostro de Eva. Ésta le dedica una última mirada dolorosa, y se va para siempre de aquel mundo de tristeza donde estuvo secuestrada durante dos largos meses.

Del cielo comienzan a caer pesadas gotas. Mario está a punto de llorar pero una ráfaga de aire fresco ahoga sus sollozos y le devuelve la calma en una especie de catarsis. De pronto se siente fuerte y libre, feliz de que todo ha acabado. Ve a Eva alejarse a toda prisa. Es hermosa, sin duda, pero no tiene caso derramar lágrimas por quien no sabe valorarlas. La lluvia arrecia y corre a guarecerse con los demás. Sí, su corazón se siente adolorido y seguirá así algunos días, pero ya se repondrá, y volverá a caer luego, muchas veces más. Mientras tanto, vemos cómo el peso que lo agobió durante los últimos meses se escurre y se confunde con la primera lluvia de la temporada.

*Crédito de la imagen: Elena Águila

viernes, 28 de enero de 2011

Son huasteco


La Huasteca es, en cierto modo, un país aparte. Se trata de un extenso territorio que va de la Sierra Madre Oriental a la costa del Golfo de México, y que abarca los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz, Tamaulipas, Querétaro y Puebla. Es una región de clima tropical y semitropical, caracterizada por su intrincada serranía, su vegetación densa y caprichosa, sus riquezas naturales y su cultura, de fuerte raíz indígena, tan extraordinaria como diversa. También son típicas la pobreza extrema y la injusticia social, como en todos los paraísos.

Fue ahí, en el laberinto neblinoso de la sierra, en la lejanía de la costa, donde surgió el son huasteco o huapango, género musical que se distingue principalmente por su vigoroso ritmo de 6/8, el papel protagónico del violín y el canto con falsete. Si se me permite la comparación, típica de una sensibilidad y un oído occidentalizados, la primera vez que lo escuche, que verdaderamente lo escuche, tuve la impresión de estar frente a un grupo de rock, de los buenos. Es música muy poderosa, y delicada a la vez; que habla de la flora y la fauna, de los pueblos y sus leyendas, de las mujeres y su hermosura, del amor y sus tormentos; en suma, del paisaje cotidiano y de la pasión, fuente de vida y canciones. Como sucede con otros géneros populares, nadie puede establecer el momento exacto de su nacimiento, pero es indudable que apareció como una extensión natural de la música que vino de España, que a su vez tenía hondas raíces en las culturas árabe, judía y gitana, al encontrarse con el mundo indígena.

Antes de que los medios de comunicación y el discurso nacionalista posrevolucionario lo difundieran al resto de México y del mundo, el son huasteco permaneció confinado en su remota proto-nación durante siglos, transmitiéndose de una generación a otra por tradición oral. Así, de puro oído, sin partituras. A esto debe su gran vitalidad, ya que cada músico ha tenido que desarrollar sus propias figuras melódicas y su propia lírica, sólo a partir de su imaginación, memoria y sentimientos. En dicho proceso, esta música se ha ido enriqueciendo y haciéndose cada vez más sofisticada y exquisita. Además, en cada generación surgen grandes virtuosos del violín, la jarana y la guitarra quinta (los tres instrumentos con que se ejecuta este género), así como versadores de altos vuelos. Pienso que, de haber vivido en aquella región, García Lorca habría sido huapanguero.

En la actualidad, los músicos huastecos tocan, por lo general, el mismo repertorio, pero con su propio estilo de ejecución y sus propias coplas. La siguiente es una humilde contribución a la rica tradición versística del huapango, influida desde hace algún tiempo por su contacto íntimo con esta ciudad de poros abiertos.

El cielito lindo

Yo canto en el lenguaje,
claro y profundo de las pasiones;
porque la sangre viva
es el ingrediente de las canciones.

De las canciones,
la canción y el sentimiento;
es la alegría que me hace
cantarte como canta el jilguero.

De las canciones,
la canción, los desamores;
es el dolor que me hace
cantar como hacen los ruiseñores.

Para cantar a gusto,
al mismo tiempo que improvisar;
hay que ponerse buzo, cielito lindo,
sin vacilar.

Sin vacilar, sin vacilar,
como en el campo,
el gavilán se tira, como cometa,
por el barranco.

Sin vacilar, sin vacilar,
mi señorita,
que cuando menos piensa,
le robo un beso de su boquita.

Pedacito de cielo,
que existe arriba de mi ciudad;
pobrecito, está negro, cielito lindo,
quiere llorar.

Quiere llorar, quiere llorar,
por tanta pena,
que desde allá arribita, cielito lindo,
solo contempla.


El caballito

Voy a llevarte a pasear,
al ritmo de esta canción;
al ritmo de esta canción,
voy a llevarte a pasear.

Si me pones atención,
vas a ponerte a volar;
en un caballo de luz,
que uso de nave espacial.

Yo me monté en mi caballo,
en la estación de Potrero;
en la estación de Potrero,
yo me monté en mi caballo.

Me vine para Indios Verdes,
iba veloz y contento;
pues iba a echar un huapango,
con mi carnal el Huasteco.

Vuela, vuela palomita,
vuela por esa laguna;
vuela por esa laguna,
vuela, vuela palomita.

Mira la noche y suspira,
mientras te baña la Luna;
en el cielo hay muchas Galaxias,
pero Huasteca sólo una.


El perdiguero

Soy viento del sur que viene,
en la punta de la cresta;
en la punta de la cresta,
soy viento del sur que viene.

A mí nada me detiene,
ni pálida calavera;
porque después de la muerte,
mi canto es el que se queda.

lunes, 24 de enero de 2011

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos*


Para Carl J. Jung, el gran psicólogo suizo, los sueños compensan las carencias y tropiezos de nuestra vida despierta; tienen el poder de cerrar heridas, recomponer lo irreparable y recobrar lo perdido. Al soñar, nuestra alma -esa masa inestable de energía emocional- recupera su libertad y huye a un mundo de penumbras, en lo más profundo de la mente. Éstas son la lógica y el escenario de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal sunshine of the spotless mind, Estados Unidos, 2004), hermosa cinta dirigida por Michel Gondry, escrita por Charlie Kaufman (Being John Malkovich, Adaptation).

Realizador y guionista exploran la crisis del individuo contemporáneo, entidad social que a fuerza de reclamar autonomía acaba volviéndose solitario y vulnerable. Si en Being John Malkovich, aparece como el ser disminuido que aspira a una existencia inalcanzable, en esta cinta se presenta como un ser incompleto, en pos de una felicidad vaga y escurridiza que se encuentra en el Otro.

La película retoma el viejo tema de la pareja moderna y sus desencuentros, la separación continua de los amantes y la renovación de su pacto íntimo. Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) se conocen un día e inician un romance que, como muchos otros, pasa de la plenitud al anquilosamiento, de la novedad a la rutina. En el punto más sofocante de su relación Clementine decide olvidar a Joel con ayuda de un prodigioso cirujano de la mente (Tom Wilkinson), que borra las figuras dolorosas o indeseables de la memoria de sus pacientes, retornándolos a un estado de conveniente inocencia con posibilidad de iniciar de nuevo.

Al enterarse, el despechado Joel se somete al mismo tratamiento. La técnica es sencilla: de noche, mientras el paciente duerme, el médico entra y viaja a través de su geografía interna, arrancando los recuerdos de raíz. Todo va bien, pero a mitad del sueño Joel se arrepiente: no quiere borrar a Clem de su vida, como si nada hubiera ocurrido; quiere guardar para sí los momentos en que fue feliz a su lado, quiere conservar la marca de su presencia. Entonces huye con ella -la Clem que habita en su mente-, tratando de recuperarla, de ocultarla en los rincones secretos de su memoria y esquivar la mirada omnisciente del médico. La película refleja bien el ciclo de la pareja, que debe morir un poco cada vez con el fin de renovarse, bajo el riesgo de perderse para siempre. Pero también nos enseña que el alma difícilmente renuncia a sus deseos y que el olvido no forzosamente significa anular un recuerdo, sino enmascararlo, darle otra forma para resguardarlo y tenerlo a disposición bajo la forma de un continuo destello.

Como en Malkovich, Kaufman hace realidad las utopías bizarras de los individuos comunes y lleva al extremo sus consecuencias. Más allá de la historia de amor, ¿qué tipo de mundo es aquel donde la gente puede volver sobre sus pasos y borrarlos por una suerte de limpieza cerebral? Recordemos que eliminar parcial o totalmente la memoria de un sujeto no es un proyecto nuevo o ficticio, mucho menos inocente. Provocar el olvido es una tentación frecuente de los poderosos y su expresión más brutal es, precisamente, el lavado de cerebro. Buena parte de la Historia se escribe y se enseña así: deshaciendo o recomponiendo episodios enteros de la vida en una sociedad. Algo parecido ocurre con los medios de comunicación, que con todo su ruido informativo, nos reducen a un estado en el que poco o nada se fija a nuestra memoria. De esto nos alerta el aforismo nietzscheano que se menciona a lo largo de la película: "Bienaventurados los olvidadizos, porque sacarán provecho de sus errores". Al final, sin embargo, la asistente del médico (Kirsten Dunst) resuelve que lo mejor es devolver a cada uno su historia -buena o mala- y por tanto la conciencia y responsabilidad sobre su pasado.

* 2004

viernes, 14 de enero de 2011

Un sueño es una persona astuta



En esta ocasión, transcribo para ustedes, mis amables lectores, una forma sencilla de hacer realidad los sueños eróticos. La extraodinaria receta fue recogida durante los años treinta por el antropólogo británico E.E. Evans-Pritchard durante su trabajo de campo entre los azande, habitantes de una extensa llanura en el país de Sudán, en la cuenca meridional del río Nilo.


"Un individuo sueña que tiene relaciones sexuales con una mujer. Esto predice una relación amorosa con éxito, y si quien sueña reconoce a la muchacha con la que está teniendo la relación, hace todo lo posible por hacer realidad el sueño. De hecho, los sueños que se desean especialmente convertir en realidad tratan del contacto sexual, las aves comestibles, el matrimonio, las termitas tostadas y los animales alanceados.

Un hombre tiene un sueño sobre una mujer, con la que previamente no ha tenido relaciones, sueña que ha copulado con ella. Despierta de este sueño, despierta de dormir y se da la vuelta en la cama, de tal forma que la cabeza repose donde han reposado los pies al extremo de la cama, y se tumba a dormir tranquilo. Cuando está a punto de levantarse, al romper el día, medita sobre el sueño que ha tenido. Cuando se vuelve en la cama y duerme con los pies en la cabecera, entonces la mujer con la que ha soñado comienza por su parte a soñar que se acuesta con él.

Cuando el hombre se pasea ve a esta mujer y, puesto que le gustaba desde antes, comienza a solicitarla y ella acepta sus proposiciones y él consigue copular con ella. Se sientan juntos, coquetean y él le dice: 'Hermana mía, el sueño decía realmente la verdad pues soñé que estaba contigo y ahora recuerdo lo que ocurría en el sueño'. Ella le dice: 'Un sueño es una persona astuta. Yo también tuve mi sueño. Me dije que mi sueño se burlaba de mí, pero decía la verdad. Igual que tú tuviste tu sueño, yo tuve el mío igual que ese del que tú hablas'".

Evans-Pritchard, E. E. Brujería, magia y oráculos entre los azande. Ed. Anagrama, Barcelona, 1997, pág. 353.
Imagen: "Hombres azande", de Richard Buchta

viernes, 31 de diciembre de 2010

La Orquesta Espartaco


I

Recuerdo aquellas tardes cuando mi papá se ponía a ensayar en la casa. Montaba su atril, sacaba su libro de partituras y se ponía a afinar su trompeta, que me parecía de lo más elegante: larga y esbelta, con su complicado mecanismo de túneles y pistones, encargados de transformar el aire y convertirlo en el sonido claro y luminoso que invadía la casa después de comer. No hacía caso de nada ni de nadie. Se quedaba ahí, practicando dos o tres horas las escalas y fraseos de aquella música recién llegada de Cuba y de Colombia, que en pocos meses se había vuelto la sensación de los centros nocturnos y salones de baile de la ciudad.

De miércoles a sábado, por las noches, mi papá se presentaba con su grupo en distintos cabarets del centro. Empezaban a tocar a las diez en punto y terminaban a las tres, cuatro o cinco de la mañana. Incluso había veces en que llegaba cuando mi hermana y yo ya nos íbamos a la escuela. Tocaba la ventana tres veces con sus llaves, antes de abrir la puerta, y nos preguntaba, en broma, qué hacíamos despiertos a esa hora. Nos daba un beso, y luego se sentaba a desayunar en silencio, mientras mi mamá le calentaba café y tortillas.

A lo largo de su vida, mi papá tocó con varias agrupaciones, siempre en el ambiente de la música tropical. Fue testigo del esplendor y ocaso de las grandes bandas y danzoneras, y le tocó vivir el periodo en que la cumbia y la salsa extendieron su sabroso imperio por todas las pistas de baile. No era un mal músico; su trompeta tenía un timbre característico, muy bonito, netamente tropical. Sin embargo nunca tuvo la ambición suficiente para salir adelante. Nunca ganó mucho dinero y jamás figuró como primera trompeta. La música nos dio de comer pero nada más, y a veces ni eso. Mi papá le echaba la culpa al destino, pues sin saberlo había dejado ir su única gran oportunidad, teniendo que arrastrar la cobija de ahí en adelante.

Y es que el primer grupo con el que tocó no era otro que la Orquesta Espartaco, aunque entonces no eran la leyenda que son ahora. En aquel tiempo sólo eran un grupo de muchachos que a fuerza de ensayos y empeño habían terminado por acoplarse musicalmente y tocar sin equivocarse, aunque de ahí no pasaban; o eso era lo que creían muchos. Lo cierto es que tenían talento y un estilo propio. Algunos de ellos, como bien sabemos, llegaron a ser excelentes ejecutantes: César Páez en la flauta transversa, Tony Peralta en los timbales, Paquito Manzo en el piano y Edson Domínguez en la voz principal. Este último era el director musical del grupo y fue él quien invitó a mi papá a unirse. Venía del sureste, de Ciudad del Carmen, y era un artista nato. Él era el centro, el núcleo que condensaba la energía de todos los demás instrumentos a la hora de generar la música. Era enorme como un refrigerador, y tenía el empuje de una máquina locomotora. Su anhelo era alternar con los grandes, como la Sonora Moctezuma, la Orquesta Paraíso o el Conjunto Pulso Tropical: grupos de marquesina y sonido brillante que ya grababan discos, llenaban teatros y ganaban dinero a manos llenas. Sabe Dios que podían lograrlo, y sin embargo, ya llevaban dos años juntos y no habían conseguido más que tocar en fiestas de barriada y algunos contratos fugaces para presentarse en dos o tres antros de mala muerte. Y es que en música no basta con el talento o el carisma; como en todo, hace falta tener conocidos.

Mis padres se conocieron muy jóvenes. Vivían en la misma colonia, en la González Garza, allá por la Central del norte. Ella era de un pueblo de Guanajuato y vivía con unos tíos suyos que tenían un molino de nixtamal, y que la corrieron de la casa al enterarse de que estaba embarazada de mi hermana Lola. Entonces mi papá no tuvo más remedio que casarse con ella y llevarla a vivir a casa de sus padres. Fue ahí donde mi hermana y yo nacimos y crecimos, amontonados con mis abuelos y mis tíos.

Al principio, mis abuelos no vieron con buenos ojos a mi mamá, que casi no hablaba y que era nerviosa e inexperta en casi todo lo de la vida. Mi abuelo era comerciante. Vendía trastes, licuadoras, espejos, toallas, bisutería, enciclopedias, perfumes. Lo que fuera. Pasaba casi toda la semana fuera de casa, siguiendo la ruta de los tianguis y las ferias. Trabajaba duro y tenía dinero pero muchos hijos que mantener, varones todos ellos. Era un hombre práctico, apegado a la realidad y a las necesidades, que veía con malos ojos la decisión de mi papá de dedicarse a la música. Se lo reprochaba casi a diario. "Estás viendo el temblor y no te hincas. Ya déjate de sueños, Ramón, y consíguete algo serio, que la vida pasa rápido, y tienes mujer e hijos que mantener".

Mi abuela, por su parte, no dejaba de pedir a mi padre que buscara trabajo de lo que fuera: de panadero, de albañil, de chofer, de matancero: "No importa que seas pobre, con que seas digno". Tampoco ella tenía buena opinión de los músicos. Ya había perdido un hijo en un accidente y le angustiaba perder otro, asesinado o ahogado de borracho en cualquier cabaret. La recuerdo bien. Era una especie de santa. Rezaba todo el tiempo: por la mañana, al mediodía, y ya por la noche, cuando todos se habían ido a dormir, se quedaba a solas en la oscuridad, echando bendiciones y susurrando oraciones interminables; pidiéndole a Dios que le diera a mi papá un trabajo decente y lo alejara de esa senda retorcida.

La cosa no iba mejor con mi mamá, que se quejaba de la falta de espacio e intimidad, y que urgía a mi papá para que nos fuéramos de ahí. A mi mamá tampoco le gustaba el ambiente en que mi papá se movía, lleno de vicios y mujeres fáciles, pero acabó resignándose a este tipo de vida y, como suele suceder en estos casos, encontró consuelo al dedicarse en cuerpo y alma a atender a sus hijos. La relación de mis papás nunca fue del todo buena. Ahora pienso, no sin dolor, que fueron las circunstancias y no el amor lo que los llevó a vivir juntos. Lo suyo fue un apuro constante desde el principio: sin dinero, a la sombra de mis abuelos y con la responsabilidad de dos hijos a cuestas. Casi no hablaban entre ellos y cuando lo hacían era sobre asuntos domésticos y la rutina de siempre. A veces, sin embargo, cuando mi papá se quedaba en casa, ella se sentaba junto a su lado y prendía la radio; entonces él le cogía la mano y la besaba. Aquel era el único gesto de ternura que se permitían, y así vivieron por más de cuarenta años.

A pesar de todo, tengo el recuerdo de una infancia feliz. Supongo que oía hablar a los adultos pero no entendía ni me importaban sus preocupaciones y tristezas. Yo de lo que me acuerdo es que viví rodeado de cariño, en una gran familia, con muchos niños de mi edad. Me gustaba mucho jugar futbol y leer historietas. Mis favoritas eran Los Supersabios y Vidas Ilustres. En época de lluvias iba a los charcos a capturar ajolotes con mis tíos y mis primos (que poco a poco fueron llegando al mundo, y que se quedaron a vivir en casa de mis abuelos al igual que nosotros). Me gustaba acompañar a mi abuela por las noches a comprar el pan y comérmelo con leche azucarada a la hora de la cena. También me gustaba quedarme a jugar hasta tarde los viernes por la noche y levantarme temprano al día siguiente, cuando todos dormían.

Desde siempre, la música fue una presencia mágica en mi vida. Me gustaba oír a mi abuelo cuando cantaba aquellas canciones tan tristes, como la de "Cotorrita de la suerte" o "La cama vacía", y a Raquel, la vecina, cuando cantaba la de "Ay, mamá Inés, qué bien te ves, todos los negros tomamos café..." mientras lavaba ropa en su patio. Me gustaban Cri-cri, Pedro Infante y Toña la Negra, y por supuesto me gustaba oír a mi papá tocar su trompeta por las tardes. Para mí era un héroe, un hechicero capaz de hacer brotar la música con su soplo encantado. Había veces en que nos llevaba a mi hermana y a mí a los ensayos de la orquesta, en casa de una tía de Edson. A mi hermana, que nunca le ha gustado estarse quieta, le aburría horrores sentarse a oír afinar los instrumentos, y luego repasar cada canción hasta el cansancio. En cambio, para mí aquello era como asomarme a un mundo nuevo, con sus propias leyes y su propio lenguaje por descifrar. Me gustaba ver la forma cuasi religiosa con que los músicos se preparaban para tocar; me gustaba oírlos hablar de notas, de ritmo y de armonías. Me encantaba verlos en lo suyo, concentrados, con la mente y el corazón puestos en la música, como almas suspendidas sobre las ondas de una canción, y en mi alma infantil abrigaba el deseo de formar parte de todo aquello.

II


Nunca olvidaré cuando mi papá me llevó a tocar con la Orquesta Espartaco a un programa de televisión. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Fue el 12 noviembre de 1959. En ese entonces tenía ocho años. Edson Domínguez había inscrito al grupo en el programa "Arte y destrezas", que se transmitía desde el Teatro Atenas, los domingos de ocho a nueve de la noche, y que conducía Fernando Galán. Una hora en la que desfilaban cantautores, grupos musicales, comediantes, malabaristas y todo tipo de talentos en busca de la fama recién inaugurada por la televisión. El premio era de cincuenta pesos de aquel tiempo, y la posibilidad de ser descubierto por el dueño de un centro nocturno o algún productor discográfico. Fue a mi papá a quien se le ocurrió llevarme de mascota y a Edson le encantó la idea. Yo, por supuesto, jamás había tocado un instrumento, pero los del grupo supusieron que, siendo hijo de músico, tendría una propensión natural para el ritmo y la armonía, y con eso bastó para que pensaran que haría un buen papel si me daban unas maracas y me presentaban como uno más de la orquesta.

Recuerdo que estábamos cenando en la cocina cuando mi papá entró y le dijo a mi mamá: "Chabela, consíguele un traje a Néstor porque el próximo domingo va a salir con nosotros en el programa de Fernando Galán".
Todos pelamos tamaños ojos. Mi abuela meneó la cabeza y preguntó con su voz marchita y sensata:
─¿Y cómo le vas a hacer Ramón, si Néstor no sabe música?
─No hace falta mamá ─repuso mi papá. ─Este muchacho lleva la música en la sangre, ¿verdad Néstor? Además, las maracas son muy fáciles de tocar. Cualquiera puede, hasta yo... ─y me guiñó un ojo.
Yo me puse muy nervioso. No podía creer que fuera a tocar con la orquesta y menos que fuéramos a salir en televisión.
─No sé papá. Tengo miedo de equivocarme.

Él me dijo que no debía ponerme nervioso, que era muy sencillo y que lo único que debía hacer era no perder el ritmo mientras durara la canción.

─Y aparte ─añadió ─No vas a estar solo. Los muchachos y yo vamos a estar contigo.
Mi mamá le llevó un plato de frijoles y dos tortillas bien requemadas, como a él le gustaban. Como de costumbre, mi hermana y yo nos quedamos viéndolo comer en silencio mientras mi abuelo le advertía del ambiente envenenado de la música, y le aconsejaba por enésima vez que mejor se metiera de policía o soldado, donde al menos gozaría de un sueldo fijo para hacerse de un patrimonio y mantener a su familia.

En la casa se hizo una pequeña conmoción. Tal como pidió mi papá, mi mamá me llevó con el sastre para que me tomara medidas y me hiciera un traje blanco, igual a los de la orquesta. Mi abuela le reprochó a mi papá que se gastara lo que no tenía y rezó a Dios y a la virgen con la esperanza de que me disuadieran de seguir los pasos de mi progenitor.

Mi papá me enseñó algunos ritmos básicos con las maracas. Me dijo que mi papel era tan importante como el de cualquier otro instrumento de la orquesta; que lo principal era dejarme llevar por la fuerza de la música y no perder el ritmo. Se le veía muy emocionado. Veía en aquel evento el golpe de suerte que daría proyección a su carrera y que nos sacaría de pobres. La noche antes de la presentación, le prendió dos veladoras a Santa Cecilia, patrona de los músicos, y se sentó en el sillón para dar brillo a su trompeta. Estuvo un buen rato limpiándola hasta que quedó reluciente. Se gastó treinta pesos en mandar a la tintorería su traje blanco y le dio a mi mamá otro tanto para que hiciera una pequeña cena de celebración cuando volviéramos del programa.

Esa noche tardé mucho en conciliar el sueño. Me emocionaba la idea de asomarme a aquel mundo desconocido y prometedor de la fama y que todos mis amigos me vieran por televisión, aunque también me ponía nervioso la posibilidad de equivocarme y echarlo todo a perder. Cuando por fin pude dormir, soñé que mi papá era como un niño pequeño que se caía de un triciclo y empezaba a llorar desconsolado. Yo lo veía y me angustiaba mucho, pues había gente viéndonos y temía que alguien me echara la culpa de lo sucedido; y mientras, mi papá seguía en el suelo sin dejar de llorar y sin poder levantarse. Desperté muy asustado, sudando y con el corazón latiendo fuertemente.

Para entonces, ya todos mis amigos de la colonia sabían que saldría en televisión. “Nos mandas saludos Néstor, no se te vayan a subir los humos o te los bajamos a chingadazos". Tampoco faltó el chamaco precoz que me pidió el autógrafo de Cindy, la hermosa morena que llevaba a los participantes hasta el escenario.

La tarde pasó como un suspiro. Mi papá pasó por mí a las cinco y media. Parecía estrella de cine, con su traje color blanco, sus zapatos de charol y el pelo envaselinado. Afuera esperaba el resto del grupo, montados en un viejo camión que le habían prestado a Edson, todos muy bien arreglados y de excelente humor. Se fueron bromeando todo el camino. Se querían mucho. La música había unido sus almas, y la mayoría estaba en aquella edad en que no se tienen compromisos, hay tiempo de sobra y uno da todo por los camaradas. Paquito Manzo me dijo que él conocía a Cindy, y que me la iba a presentar, pero pensé que estaba presumiendo y no le creí nada.

Esa vez, casi todos los de la colonia se juntaron para vernos por televisión. Por esos años no había mucha gente que tuviera uno de estos aparatos. Eran un artículo de lujo. En la colonia, el único que tenía era el señor Gudillo, dueño de la carnicería. Era un mueble enorme, parecido a un tocador, con su gran pantalla de vidrio oscuro, sus bocinas recubiertas de tela dorada y su juego de botones y perillas como las de un vehículo espacial. Sus hijas sacaban el aparato al patio de su casa cuando había un partido importante de futbol o en cualquier otro evento de relevancia para la opinión pública del barrio. Cobraban la entrada a cincuenta centavos. Ponían sillas, vendían refrescos, cervezas y taquitos de tripa y suadero. También llevamos nuestra porra: primos, novias y compadres que se fueron con nosotros para darnos ánimos a la hora de concursar.

III

El ambiente de la televisión me pareció de lo más extraño. Tras bambalinas todo era un ir y venir de técnicos y tramoyistas. Daba la impresión de que estaba ocurriendo algo importantísimo y urgente porque todos tenían prisa y hablaban casi a gritos. Un muchacho nos dio una ficha con nuestro turno y nos pidió hacer fila a lo largo de un pasillo detrás del escenario. Nos tocó el número siete; casi al último. A algunos nos les gustó esto, pero Edson, que tenía fama de supersticioso y hasta de brujo, nos dijo que no nos preocupáramos porque aquélla era una buena señal, y que los santos estaban de nuestro lado.

Fernando Galán resultó ser menos alto de lo que creía. Los de mi edad seguro lo recuerdan: delgado, canoso y de aspecto impecable. Salió por una puerta, a mitad del corredor, acompañado por su secretario, y saludó de mano a todos los concursantes, deseándonos suerte. Su rostro era como una máscara y sus modales eran finos y delicados como los de una mujer. Cuando me vio me preguntó: “¿Y cuál es tu talento, pequeño Mozart?”. Mi papá se adelantó a contestar, dijo que yo era uno más del grupo, y que tocaba las maracas. Sentí mucho orgullo de que se refiriera a mí como parte de la orquesta y a la vez muchos nervios, y es que después de todo uno no se hace músico de la noche a la mañana: hay que subirse muchas veces a un escenario para conseguirlo, hacen falta muchas horas de práctica para tocar un instrumento sin equivocarse y hacerlo brillar, y yo no era más que un advenedizo que no había ensayado sino unas pocas veces, y que de momento no merecía estar ahí. Juré en ese momento que dedicaría todas mis fuerzas a convertirme en músico y ser digno de presentarme frente al público.

En esas estábamos cuando apareció Cindy. Iba vestida con una especie de bañador recubierto de lentejuelas azules. Era extraordinariamente bella: alta, mulata, de piernas largas y bonitas. Parecía de otro país. Paquito Manzo fue y la saludó con un beso en la mejilla. Ella se alegró mucho de verlo. ¡Y yo que no le había creído cuando me dijo que la conocía! Hablaron un momento, y después él la cogió por la cintura y la llevó adonde yo estaba.

─Mira Cindy, te presentó a uno de tus más fieles admiradores ─y luego, señalándome ─Néstor Estrada, nuestro nuevo maraquero y futuro señor de las percusiones. Néstor, te presento a mi amiga, la incomparable Cindy.

─Hola cariño ─me dijo con una voz muy tierna, y se agachó para darme un beso ─Oye, qué muchachito tan guapo. Debes tener muchas novias, ¿verdad?
No supe qué contestar y me limité a sonreír como un tonto.
─No te preocupes, bombón, todavía eres muy niño pero cuando crezcas vas a conquistar a todas con tu sonrisa y tu talento.
Me pareció que hablaba como si acabara de despertarse.
─Adiós. Voy a desearte mucha, mucha suerte cuando pases a tocar. Te veo al rato. No te vayas sin despedirte, cielo.
Me dio otro beso y se fue al escenario con Fernando Galán, dejando una estela de perfume.

Momentos después, uno de los técnicos contó: 5, 4, 3, 2... Del otro lado del pasillo se oyeron aplausos, y la voz del conductor saludando al público con aquella famosa frase de: “Todos somos estrellas. No olviden brillar intensamente”. Entonces sí que nos pusimos nerviosos. Edson nos dijo que el concurso era pan comido, que aquel escenario era igual a cualquier otro, y que sólo debíamos salir y tocar como siempre.

Pasó el primer concursante. Era un cantante de ópera que interpretó un aria en francés. Todos le deseamos suerte. Ya en el escenario, dijo que quería el premio para ayudar a su mamá que estaba enferma de los riñones. Tenía una voz grave y poderosa. No entendí nada de lo que cantó, pero esto no importa ya que lo hizo desde el fondo de su alma y el público, conmovido, estalló en aplausos. Fue ahí cuando sentí por primera vez sentí la fuerza intimidante de aquella marea breve, dorada y uniforme. A continuación fueron pasando los demás participantes: un mago que partió a Cindy por la mitad y convirtió el reloj de Fernando Galán en paloma blanca, tres indios huastecos que cantaban, imitando a ciertos pájaros selváticos, un titiritero capaz de maniobrar y dar vida, él solo, a toda una ciudad de marionetas... A mí me pareció que todos eran extraordinarios, aunque como siempre pasa, al público le gustaron unos más que otros. ¿Qué se la va a hacer si en este tipo de concursos sólo puede haber un ganador? El público es así: él decide quién le gusta y quién no, y no discute con nadie sus opiniones porque en gustos nadie puede tener la razón.

Fue entonces que me acordé de mi sueño y se me hizo un nudo en el estómago.

IV


Cuando llegó nuestro turno, Cindy me tomó de la mano y pidió a los demás que la siguieran. Salimos al escenario y la porra emocionada nos saludó con un fuerte aplauso. Me sentí desamparado en aquella inmensidad de teatro e instintivamente busqué a mi papá con la mirada. Estaba casi detrás de mí, de pie con los demás instrumentos de viento. Se veía muy contento y orgulloso, recibiendo aquellos aplausos junto a sus demás compañeros. Por mi parte, no sé qué me puso más nervioso, si todo aquel público o ver a las cámaras de televisión, que se movían de un lado a otro del proscenio, apuntándome con su lente misteriosa.

Edson había decidido que aquella ocasión iban a tocar una canción que él y Paquito Manzo acababan de componer, y que no era otra que “Ave Fénix”. No necesito hablar de ella porque ahora todo mundo la conoce y la ha bailado alguna vez, con sus compases bien marcados, su melodía lánguida, su letra de desamor y su estribillo pegajoso. Entonces nadie la conocía, aunque desde el principio Edson y Paquito supieron que aquello iba a ser un éxito. Sólo la habían tocado en dos o tres ensayos, pero como ya desde entonces eran músicos muy rifados y con mucha intuición, se animaron a estrenarla esa vez y anunciar al mundo el nacimiento de una nueva estrella en el firmamento de la música tropical.

Mi papá me había dicho que esperara a que el piano y las claves dieran la introducción y entrar bien alineadito con el resto de los instrumentos. Ya habíamos ensayado un par de veces. En realidad, mi parte era muy sencilla, y el sonido de mis maracas pasaba casi desapercibido, escondido en la bullanga de los demás instrumentos. De cualquier manera, mi papá me dijo una y otra vez que debía mantener el ritmo durante los tres minutos y medio que duraba la canción, y no soltarlo por nada del mundo. “El ritmo”, me decía, “es el camino que deben recorrer los demás instrumentos. Es muy importante no adelantarse ni quedarse atrás; entender que en la música todo tiene su tiempo exacto, y que nada debe ocurrir ni antes ni después”.

Edson se puso frente a nosotros, marcó el compás y empezamos. Recuerdo perfectamente el momento en que detrás de mí vibraron los acordes del piano, elegantes y llenos de sonido, como un gigante masticando notas de oro. Los demás entramos poco después, todos al mismo tiempo, bien cuadraditos. El bajo resonaba, grave y profundo, como si viniera del fondo del mar,
las trompetas cantaban a una sola voz espléndida; resoplaban los trombones, roncaban los saxofones, redoblaban los timbales, y en primer plano, por encima de toda aquella orquestación, se escuchaba al gran César Paez en la flauta transversa, dulce y brillante como un diamante invisible. Edson tomó el micrófono con las dos manos, lo acercó a su boca y comenzó a cantar, con los ojos cerrados y aquella voz inconfundible que todavía hoy me eriza la piel:

Me traicionaste en el momento decisivo
cuando yo más te quería;
me abandonaste y un cometa vagabundo
destruyó mi corazón.

Ahora sé que si te fuiste fue por algo;
la primavera está muy lejos pero un día llegará.

Paso las noches desvelado en mi ventana,
contemplando las estrellas;
bajo mis ojos relucientes parpadea
indiferente la ciudad.

Y yo no sé por qué la vida duele tanto,
pero la vida quiere vida y un día voy a renacer.

Porque el amor es rey caprichoso
porque el amor es un mar sin fondo
donde naufraga sin remedio el corazón.

V

Durante el pasaje instrumental, los nervios, la falta de experiencia y de soltura me hicieron perder el ritmo y las maracas resbalaron de mis manos. Era de esperarse, siendo yo un principiante. En música uno sólo debe dejarse ir y no pensar en nada, pero me sentí extraviado en medio de aquella selva sonora y me ahogué a mitad de la canción. Las maracas se estrellaron contra el suelo y se hicieron añicos. Sentí como si el mundo entero, la música toda, se hubiera paralizado por culpa mía. Lo peor es que no fue así: los músicos no dejaron de tocar y el tiempo siguió corriendo. Me vi en medio del escenario, ante las cámaras, frente a toda esa gente y sin saber qué hacer. Me sentí desnudo sin el apoyo del instrumento. Voltee a ver a mi papá pero él estaba en lo suyo, y sólo me hizo señas de que siguiera como si nada hubiera pasado. Lo único que se me ocurrió fue ponerme a bailar.

Igual no sabía mucho de baile, pero el ritmo me llevó de la mano. Los de la colonia comenzaron a aplaudir para darme ánimos y el resto de la gente, que estaba muy contenta con mi numerito, hizo lo mismo. Hasta hubo gente que se paró a bailar y otros que desde su lugar, seguían el ritmo con el pie. De reojo vi que mi papá y los demás se reían de la ocurrencia. Aquella reacción del público fue para ellos la señal que esperaban y atacaron la parte final con la certeza de quien ha llegado a buen puerto y tiene la canción en sus manos:

Solía pensar que había aprendido
por algunos de los hechos de mi vida,
y ahora me siento tan perdido como un niño
que no encuentra a sus papás.

Soy como un barco que no tiene dirección.
Pero la vida siempre es dura con quien sale a navegar.

Porque el amor es rey caprichoso,
y aunque el amor es un mar sin fondo,
el corazón sigue latiendo hasta el final,
el corazón sigue latiendo hasta el final,
el corazón sigue latiendo hasta el final.

El contratiempo de Tony Peralta marcó el clímax, y juntos, las trompetas y trombones tendieron un largo puente entre la soledad oceánica del músico y el final de la canción, que llegó preciso y sin mayor dificultad. ¡Qué alivio se siente al terminar una canción!

El público aplaudió generoso. De veras que habíamos puesto el gran ambiente. Fernando Galán volvió al escenario, sonriendo.
─¡Demos otro fuerte aplauso a la Orquesta Espertaco, que toca muy bien; especialmente para su maraquero, que baila muy bonito!

Mi papá me indicó con señas que hiciera una caravana y el público volvió a aplaudir. Comenzaba a gustarme aquello. Fernando Galán me felicitó por mi valor en el escenario y me dijo que me había ganado una caja de chocolates de una de las marcas patrocinadoras del programa. Ya tras bambalinas todo era expectación. Estábamos seguros de que íbamos a ganar. Hasta mi papá, que normalmente estaba serio e insatisfecho con su modo de tocar, lucía feliz y confiado. Me dijo que había estado muy bien en el escenario y que estaba muy orgulloso de mí, que todo era cosa de practicar y que en poco tiempo estaría yo listo para compartir el escenario con ellos, como uno más de la orquesta. Todos estaban de muy buen humor. Esa noche los del grupo me rebautizaron como “Resortitos”, y desde entonces me llamaron así en la colonia. Incluso hoy, cincuenta años después, cuando llego a ir, muy de vez en cuando, todavía me encuentro con dos o tres personas que se acuerdan de mí y me llaman de esa forma.

Llegó el momento de las votaciones y llamaron a todos los participantes para que volviéramos al escenario, y estuviéramos presentes al momento de nombrar al ganador. Todos estábamos muy nerviosos y nos deseamos suerte con un apretón de manos. Fernando Galán señalaba a los concursantes y pedía al público que aplaudiera, según su gusto. La verdad es que era un poco difícil medir la intensidad de los aplausos, porque en casi todos los casos sonaba igual; o al menos eso me pareció. Cuando llegó el turno de que nos aplaudieran, todos estábamos muy ansiosos. Nos aplaudieron mucho, es verdad, pero de poco nos valió, pues no fue suficiente para conseguir el triunfo en aquella noche inolvidable. Quedamos tercer lugar, después del cantante de ópera y unos perritos amaestrados que pasaron al final.

VI


De nada sirvieron los aplausos y porras de nuestros amigos cuando salimos del teatro y nos subimos al camión, de vuelta al barrio. Íbamos en silencio, como si acabáramos de salir de un velorio y no de concursar en un programa de televisión. Edson nos pidió que no nos desanimáramos; que después de todo, así era el negocio de la música y que aquello no significaba nada. No habíamos ganado, cierto, pero miles de personas nos habían visto, y tarde o temprano aquella presentación rendiría sus frutos. Unos se rieron tristemente y hubo otro que aplaudió dos o tres veces como para darnos ánimo, pero nada más. Mi papá iba callado, sentado en el último asiento del camión, oculto tras el estuche de su trompeta. No habló con nadie en todo el camino. Ya ni hablar de celebrar a nuestro regreso. En cuanto entramos a la casa anunció a mis abuelos y a mi mama, que dejaba el grupo definitivamente.

─Ya estoy harto de soñar a lo pendejo, y recoger puros tepalcates.

Dos o tres días después, ya con mejor ánimo, la orquesta se reunió para volver a ensayar pero mi papá se mantuvo en lo dicho. No le importó que los demás le rogaran que no se fuera. De nada sirvió que Edson le hablara, primero, de la amistad que los unía: “Esto no se trata sólo de música o dinero, Ramón. Somos como una familia y tú te vas como si no te importara”; y que luego le advirtiera que, de ser así, jamás volvería a formar parte de la orquesta. Yo sentí como si el mundo se hubiera desmoronado por mi culpa. ¡Si tan solo hubiera sujetado con mayor fuerza aquellas malditas maracas! ¡Si tan solo me hubiera negado a participar con la orquesta! Después de todo, ¡un sueño me había revelado lo que iba a pasar! Viví con aquel dolor por varias semanas, hasta que mi papá habló conmigo y me explicó que yo no tenía la culpa de nada, que él ya no estaba contento de estar con un grupo que no iba a ningún lado, y que la presentación aquella había terminado por colmar su paciencia. Supongo que me sentí más tranquilo, aunque no por ello dejé de reprocharme cuando seis meses después nos enteramos de que habían contratado a la orquesta para tocar, por tres meses seguidos, en el prestigiado salón Foleys Berger, a un lado de la plaza Garibaldi.

Lo que vino a continuación todo mundo lo conoce. Aquella temporada le abrió la puerta al grupo para grabar su primer disco, que los lanzó al estrellato en unas cuantas semanas. Hicieron giras por Centro y Sudamérica, recorrieron los Estados Unidos, aparecieron cientos de veces en radio y televisión grabaron decenas de discos, compusieron cuatro o cinco canciones que llegarían a ser clásicos de la música mexicana, y se hicieron ricos.

Mi papá siguió en la música. Se quedó por el resto de su vida como segunda trompeta, en grupos que jamás lograron destacar y que se perdieron, sin rastro ni resonancia, en la cortina de humo del espectáculo. Tocó de todo y llegó a grabar uno o dos discos, pero su vida fue gris y, es triste decirlo tratándose de un músico, silenciosa. En cuanto a mí, crecí, estudié para contador, me metí a trabajar y me fui del barrio, me casé, tuve tres niños y comencé a hacerme viejo, demasiado pronto diría yo, pues ya hasta soy abuelo. Así pasa en esta ciudad: se encierra uno en el trabajo y en la familia, y deja ahí los mejores años, que pasan rápida y silenciosamente. Por eso le digo a mis hijos, hay que ponerse listos y aprovechar las oportunidades. Hay que pescarlas al vuelo y no dejarlas ir porque ya no vuelven, y luego el remordimiento no lo deja vivir a uno. Así le pasó a mi papá, que nunca se perdonó haber renunciado a la orquesta. Les tomó rencor. No volvió a hablar con ninguno de sus viejos compañeros, con todo y que habían sido grandes amigos, y le cambiaba al radio o a la televisión cada que los anunciaban. Supongo que debió causarle una gran amargura tener que aprenderse sus canciones por ser de las favoritas del público, y tocarlas cada noche dondequiera que se presentara.

Para colmo de ironías, muchos años después, cuando murió, la Orquesta Espartaco fue a tocar a su funeral. De los miembros originales, sólo quedaban Tony Peralta y Edson Domínguez, ya viejos los dos. Fue un encuentro extraño. Mi hermana Lola, que siempre ha sido liosa y que siempre le dio la razón en todo a mi papá, estuvo a punto de pedirles que se fueran, que nos dejaran llorar en paz, que el alma del difunto no descansaría mientras ellos estuvieran ahí. Supongo que en cierto modo tenía razón, pero todos estábamos demasiado abatidos para soportar aquello y ése no era momento para guardar rencores. Nos dieron un abrazo muy fuerte y sentido. Tony le dijo a mi mamá que nunca se habían olvidado de mi padre, y que para ellos era como si se les hubiera muerto un hermano. "Nos estamos acabando Margarita", le dijo Edson, "Ramón es el quinto que se va". Después montaron guardia al lado del féretro. Parecían sombras: silenciosos y encorvados, con los ojos marchitos y llorosos. Afuera ya habían conectado bocinas e instrumentos en medio de la calle, y en el momento en que salimos con el ataúd para meterlo a la carroza, se arrancaron con "Ave Fénix", la última canción que tocaron con mi papá.

Y yo no sé por qué la vida duele tanto
pero la vida quiere vida un día voy a renacer.

Aquella canción de desamor y renacimiento terminó de remover aquella herida, abierta hacía tantísimos años. Lloramos mucho. Durante el sepelio, en un acceso incontenible de dolor, mi hermana estuvo a punto de lanzarse a la fosa, pero su esposo y yo la sujetamos con fuerza y nos la llevamos para tranquilizarla y evitar que hiciera un locura. Cuando todo terminó y ya nos íbamos del panteón, Edson se me acercó y me dio una tarjeta con su número de teléfono. Estaba viejo y enfermo, y sin embargo no había perdido el aura, la simpatía que lo hacía brillar sobre el escenario. "Háblame por si necesitas algo. No te pierdas tu también, Resortitos". Esa fue la última vez que lo vi.

Poco después del novenario, Lola se llevó a mi mamá a vivir con ella, y no volvimos a pisar aquella casa donde crecimos. Pasó el tiempo, el dolor cedió a la resignación y retomamos el hilo de nuestras vidas. De esto hace tres años. Hace poco me enteré por el periódico de la muerte de Edson. Me arrepiento de no haberlo buscado. Me hubiera gustado mucho volverlo a ver, no para pedirle nada sino para platicar con él de estas cosas que traigo, y que a nadie más le importan porque nadie más las conoce; pero el pasado nos da miedo, tememos encontrarnos de frente con él, mirarlo a los ojos así de repente. Los recuerdos van añejando y se hacen más oscuros, más espesos y difíciles de enfrentar. Además, en esta ciudad uno siempre anda con prisa, preocupado por sus asuntos y sin tiempo de nada, y va dejando las cosas hasta que ya es demasiado tarde y no hay remedio.

Para Ana Lidia y mi familia de músicos